Argentina, Córdoba: “Los presos tienen uñas para arañar la pared”

Alexis Oliva (REVISTA EL SUR – PRENSA RED)

Andrés Utello, escritor y poeta porteño, desde hace nueve años coordina talleres de literatura con presos de distintas cárceles de la provincia. Vive en San Marcos Sierras. Integra el grupo “La luna que se cortó con la botella” e impulsó el “Congreso Internacional de Poetas y Escritores” (1997-2005). Editó doce libros de poesía. Tal vez su extraña mezcla de pesimismo y militancia, de lírica y pragmatismo, sea lo que le permitió a Andrés Utello convertirse en un veterano de caminar prisiones con libros bajo el brazo, negociar permisos con el poco poético Sistema Penitenciario y detectar diamantes en el barro.

Así, con la palabrita “educación” como salvoconducto, cumple una suerte de “función túnel” por la que mete a Borges, Vallejo, Rulfo y Omar Khayyam y saca narradores y poetas de entre los homicidas y ladrones.

En vísperas del último 24 de marzo, Utello se dio el lujo -junto al guitarrista Horacio Burgos y la violinista Guadalupe Tobarías- de montar el espectáculo “Mundo laberinto”, inspirado en el mito griego de Teseo y el Minotauro, con y para los presos de la cárcel de máxima seguridad de Cruz del Eje.

-¿Cómo es la experiencia de dar un taller literario en una cárcel?

-Yo admiraba la tarea de una poeta de Santa Fe, Susana Valenti, en las cárceles. Y tuve la oportunidad cuando una alumna de Villa Dolores me preguntó qué me gustaría hacer, como si ya hubiera hecho todo. “Un taller en las cárceles”. “¿Y por qué no empieza mañana conmigo? Yo trabajo ahí”. Cuando entré por primera vez a la cárcel, sentí el olor al pelo mojado de los perros, desinfectante, querosén y ladrillo caliente. Después de esa impresión, que me sacó la mariconada de adentro, vi lo que hasta entonces eran sólo palabras: muros, pasillos, rejas… Y mis miedos. Al principio, me asombró que me llenaron de alumnos, casi el 20 por ciento del penal, unas 40 ó 50 personas. Y fijate los miedos y las fantasías de uno. Yo hablaba y un muchacho de una espalda inmensa y los dedos tatuados no decía una sola palabra. Como trabajo con la provocación, pensé: “¿No estaré pelotudeando demasiado acá?”. Entonces le dije: “Vos no tenés que estar forzado acá. Si no te gusta, te podés ir”. “No, profesor, yo no hablo porque no sé leer ni escribir, pero me hace muy bien escuchar lo que están hablando”. Ahí me sentí un pelotudo, pero sentí también que la tarea tenía muchos aspectos valiosos.

-¿En qué punto comenzás a percibir que puede haber creación literaria?

-Si hablamos de pedagogía, está el caso de un hombre que era analfabeto y había matado a otro, cerca de donde nació Leopoldo Lugones. Pero lo mató de ignorante, de borracho, de vivir toda la vida en el desierto. No lo mató con la maldad de matar, sino con la barbarie de darle poco valor a la vida. Ese tipo aprendió a escribir poemas a medida que hacía la primaria de adultos. Esto me lo voy a llevar a la tumba: sabía un grupo de veinte palabras y con esas veinte palabras empezó a escribir poemas. Un tipo sincero y simple del campo tiene más posibilidad de aprender la poesía. Como otro, que era de Los Sauces y escribía poesías de alto vuelo, porque acudía a la naturaleza: “El ruido del río en la mañana / el canto de algún pájaro / toda mi soledad a cuestas por la tierra”. No sólo es un poema, sino un extraordinario poema. Al chico de la espalda gigantesca, cuando le perdí el miedo, le pregunté: “¿Por qué estás acá?”. Me dice: “Maté a uno. Nos chupamos tanto, que había una jaula con un jilguero y yo empecé: ‘Soltalo’. ‘No, el jilguero es mío’. ‘Soltalo…’ Hasta que terminé agarrando el cuchillo…”. Mató al otro y fue a la cárcel. Eso es por la barbarie, porque hay que educar a la persona en valores. Ahí se me fueron unas mantas de idiotez y empezó una tarea mucho más profunda y sincera.

-Se fue el prejuicio…

-Creo que prejuicio nunca llevé a la cárcel. Lo que llevé fue mi miedo: “Dónde mierda me estoy metiendo…”. Además, yo laburo con la fricción, no con una terapia pasiva. Pero fue evolucionando hasta que me hice amigo de un preso que me ayudó mucho en el penal de Villa Dolores, donde logramos un grupo homogéneo y charlas a panel abierto. El me hizo conocer un poema de (Rubén Bareiro) Saguier, el más importante poeta de Paraguay después de Elvio Romero. En esos versos, este notable poeta torturado por la dictadura paraguaya, habla de unos jacarandás que ve mientras se lo llevan y termina diciendo: “A un hombre libre apenas le pueden encarcelar el cuerpo”.

-¿Por qué vale la pena este trabajo? 

-Hoy, después de armar tantos talleres por la provincia, el encanto es que me parece más real la tarea con estos personajes del submundo, que con el apacible burgués que cree que tiene toda la vida por delante y nunca concreta nada. Porque cuando uno resuelve su problema de afecto, se le va la libido por la literatura, el arte, la música y las pasiones. Ahí adentro pasa algo más extremo. No la pelotudez de decir que las grandes obras se escribieron en la cárcel. Porque Cervantes no se hizo escritor en la cárcel; escribió ahí, pero se hizo escritor afuera.

-¿Y qué es eso extremo que pasa ahí?

-No creo que te hagas escritor en la cárcel. Lo que sí creo es que, si sos escritor, en la cárcel vas a escribir lo mejor. Yo conozco todo, menos donde duermen, y lo que conozco es horroroso. Conozco Bouwer -de hombres y mujeres-, Villa Dolores, Río Cuarto y Cruz del Eje.

-¿Cuál es la motivación política de tu experiencia?

-La enseñanza. Hay un aspecto no burgués, marginal, que me parece el anticipo de la sociedad que se viene y hay que lidiar con eso. Se me hace más necesario encontrar el hombre ahí, que encontrarlo afuera. Acá ya no tiene sentido. El sistema no deja brechas y te hace prostituirte sí o sí. Si ahora no querés, porque tenés veinte años y sos picante, el sistema te espera… y terminás en las cosas de las que antes te cagabas de risa. Decir esto en la cárcel es una bomba, porque ahí le tienen miedo a hablar del tiempo. Incluso te recomiendan que no hablés del tiempo. Es todo mentira. Podés hablar de cualquier cosa con los presos.

-¿Y cómo se arma un taller en la cárcel?

-Lograr armar un taller literario es casi un conjuro contra el universo, porque me mandan la gente que no tiene ninguna actividad y yo los tengo que atrapar en una historia sensible. Si tenés la suerte de tener uno o dos despiertos, entonces armás el grupo. Pero nadie te ayuda a nada. Es todo un descarte y a vos te dan la tarea de armar un hombre. Siempre recuerdo los versos de Norma Sosa, una escritora de Córdoba: “Se puede construir un hombre con los pedazos de un hombre destruido”. Ese es mi leit motiv y se los digo cada año cuando empiezo un curso. El hombre que no tiene una vida burguesa, aspira a ella. Todos queremos un poquito de calor y felicidad, una mujer que nos quiera y un auto que funcione. Lo que pasa que hay quienes lo queremos para todos los hombres y quienes no. A mí me interesa esta tarea porque es experimental. La vivo también por la diaria y me cuido por el sueldito, pero como ser humano no me provoca frustración, porque puedo recoger lo otro, lo que está del otro lado de la pared cuando terminamos de arañarla. Los presos tienen uñas para arañar esa pared. Cuando a alguien lo dirigen hacia ahí, tiene una potencia que uno acá afuera no tiene. Acá hay demasiada distracción, demasiada pavada.

-¿Con qué autores y obras trabajan?

-Les leo todo lo que le leo a cualquier alumno de cualquier estrato social. En el taller literario de Bouwer, lo primero que ellos establecieron es no hacer lenguaje tumbero, porque te pone a llorar. El arte siempre debe tender a lo universal. No le tenés que escribir a tu dolor; le tenés que escribir al dolor. Entonces, no sólo alivia, sino que es un acto de magia. Cuando un preso logra decir algo, sigue escribiendo, porque ya no está embotado en la obsesión de la tumba, la reja y la frustración.

-¿Por qué es necesario escribir ahí?

-Para comunicarse con alguien. He visto fenómenos de cambio real. Pero no cambian por sí mismos, cambian por otro. Cambian por una madre o para que su hijo mejore en la escuela. Y empiezan a ver que ellos arrastraron a una madre al sufrimiento o a un hijo a la cárcel. Como un alumno, que me dijo: “Ahora, por estas clases, comprendo que yo arrastré a mi hijo a la cárcel”. Y entonces, también puede comprender que lo puede arrastrar hacia afuera. Empieza a ver que no está solo en el universo, que las cosas están relacionadas. El ignorante es el burgués que no cree que las cosas están relacionadas. En ese sentido, hay que reconocerlo, los evangelistas hacen una buena tarea en la cárcel. Tienen esas sentencias tan raras, como “Dios lee tu corazón”, pero motivan y lo hacen con amor. En la cárcel, el acto educativo es la fotografía de los ministros de Justicia y Educación. Pero la única realidad es la seguridad. Yo lo respeto. Al laburar ahí desde hace nueve años, tampoco soy un pendejo. Está perfecto que la seguridad exista, pero si querés que un individuo cambie, educalo. Perola Justicia, que tiene la capacidad intelectual para comprender esto, políticamente está entregada. Cada uno quiere su sueldo y su arribo a otro puesto político. A nadie le preocupa el hombre. El hombre es parte del pasado… y un preso es menos que eso.

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