Gracias María Cristina Alvite, bibliotecaria…. Las cosas se dan de Walter

Las cosas se dan

Escuchá lo que te voy a contar amigo, a veces las cosas se dan, no siempre hay un “por qué”, simplemente “se dan”, la vida es así. Cuando uno menos se lo espera la vida lo sorprende como ahora me sorprendió a mí. Esto empezó hace un par de semanas cuando el tren paró en la estación de Lomas de Zamora. Yo venía leyendo un libro y cuando levanté la visita me pareció que, de repente, estaba en un desfiles de modelos: habían subido minas para todos los gustos, no es que yo tenga un gusto en particular: a mí me gustan todas, vos sabés, para mí la belleza no distingue a rubias, morochas, petisas, altas, gorditas, flacas, es así, la linda es linda sea como sea. La cosa es que quise volver a leer mi libro y ya era imposible, habré leído dos o tres renglones y ya volví a levantar la vista, ¿qué querés? Eran lindas de verdad. Mirá, te describo un poco la escena para que te des una idea, todavía la tengo grabada.

Justo delante de mí se ubicó una morocha de pelo largo medio enrulado, alta, buen lomo, una blusita de algodón bien al cuerpo, buen escote, tenía una cadena con una cruz que se perdía en unos pechos preciosos, debería tener unos veinte años. Al lado de ella había otra morocha, seguro que venía del gimnasio porque estaba con ropa deportiva y se notaba a simple vista que tenía un físico trabajado, esa cola no se endurece así leyendo Shakespeare. Esta debería tener veinticinco, veintiséis como mucho, el pelo lacio, por los por los hombros, ojos verdes, bien verdes.

Contra la puerta, del otro lado del vagón había tras más, la que más me llamó la atención fue la venía acompañada, seguro por esa rebeldía estúpida que me hace violar los mandamientos, en este caso el de “No desearás la mujer de tu prójimo”. Era una rubia de un metro setenta más o menos, flaca pero poderosa, lindas piernas, buena boca, venía abrazando una pila de carpetas igual que su acompañante, que  cada vez que le espiaba a la rubia me miraba desafiante el carnudo, no era para menos, yo también la defendería a muerte, aunque es al pedo, si te quiere cagar, te caga igual, vos sabés. Pero, bueno, no viene al cuento. El tema es que una morocha por acá, una rubia por allá, otra morocha por ahí y el tren era una cosa de locos. Cuando me quise dar cuenta estábamos llegando a Temperley, así que me bajé.

Apenas salí de la estación pensé en llamar a Victoria. Con ella venía mal, veníamos de un par de peleas por esto y lo otro, así que quise hacerle una llamadita cariñosa y… ¿dónde está el celular?. ¿La pucha caracho! Otra vez había perdido el celular, se segundo que perdía. El primero fue el que me regalaste vos el año pasado para el día del amigo y ahora perdí éste que me salió recaro. Me quería matar, mastiqué la bronca todo el camino hasta casa.

La cuestión es que a la noche estaba tirado mirando el partido de San Lorenzo contra Cruzeiro por la Libertadores y le sonó el celu a mi vieja, ella lo atendió en la cocina, habló un toque y se me apareció corriendo, se puso delante de la tele y me decía “para vos, para vos, tomá. Apareció tu teléfono”, pegué un salto y…

–         Hola

–         – Hola. Buenas noches, ¿Vos perdiste un celular hoy ¿no?.

Era la voz de una chica, se notaba joven.

–         ¡Sí!, le contesté.

–         ¿Cómo era?, me preguntó.

–         Es mío, de verdad, es negro, con MP3, tiene un wallpaper de San Lorenzo.

–         Está bien, sí, es el tuyo. Te preguntaba por las dudas. Lo tengo yo. Lo encontré en el asiento del tren.

–         ¡Qué bien!, ¡Gracias!, le dige.

–         No, de nada. Yo sé lo que es perder el celu. Así que me fijé en el directorio y llamé al número que decía “Mamá”, así te lo devolvía.

–         ¡Qué buena onda!. Gracias otra vez, ¿cómo se llamás?

–         Laura

–         Bueno, Laura, yo soy Fernando. Tendríamos que ver cómo hacemos para encontrarnos. Decime vos cuándo y dónde que yo no tengo problema, eso lo arreglo.

–         Podría ser mañana cuando saldo de la Facu, voy a la de Lomas. Así que a las seis de la tarde te podría encontrar por ahí.

–         Perfecto. Te puedo esperar en el bar que está justo enfrente, el tema es cómo nos reconocemos – le dije.

–         No te hagas problema por eso porque yo te ví, vos te bajaste en Temperley y yo te vi dejar el asiento donde me senté.

–         Tenés razón, por eso encontraste mi celu.

–         Claro. Bueno, Fernando, entonces ¿a las seis en el bar?

–         Listo. Quedamos así y gracias una vez más. Hasta mañana.

–         Hasta mañana.

La verdad amigo que estaba feliz, no sólo porque había aparecido mi celular, sino también porque al otro día iba a conocer una chica nueva, y se caía de maduro que la que iba a conocer era una de las que estaba cerca de mí en el vagón, que como te dije estaban todas buenas. ¡Ves cómo son las cosas? La vida es así, “las cosas se dan”, se dio que perdí el celu y una de ellas lo encontró y justo sabía lo que es perder un celular y se copó al querer devolvérmelo y al otro dìa la iba a conocer… ¿ves?, las cosas se dan. La vida te da sorpresas.

Al otro día pedí salir un rato antes del laburo y me fui a casa a pegarme un buen baño y empilcharme piola. Fui y me instalé en el bar frente a la facu. A las seis empezó a salir banda de gente y algunos se cruzaron al bar, yo miraba a todas las chicas queriendo reconocer alguna del tren. Cuando entró Laura la saqué enseguida, casi me muero de alegría. Era la morocha que yo le había calculado unos veinte años, la que tenía una cadenita con la cruz que se perdía en el escote. Entró mirándome sonriente, divina, un bombonazo de mujer.

–         Hola, Fernando – me dijo mostrándome mi teléfono.

Yo me paré al toque, recibí el celu y le corrí la silla invitándola a sentarse como todo un gentleman. Aceptó, se sentó y o hice lo mismo frente a ella.

–         Hola, Laura, antes que nada dejame que te agradezca una vez más por tu gesto

–         No, no es nada

–         No será nada, pero te lo puedo recompensar con un café ¿no? ¿tenés tiempo?

–         Sí, tengo tiempo pero prefiero tomar algo fresco – me dijo.

Pedimos un par de jugos, mientras nos servían yo, por instinto, revisé los mensajes de texto. Laura me vio hacerlo y con una mueca de picardía me dijo:

–         ¿Victoria es tu novia?

Yo estuve a punto de contestarle una estupidez: que era mi hermana o vaya a saber qué, pero justo ví el mensaje que decía “Fer te amo, llamame, Vicki”

–         Sí, es mi novia – le contesté

–         Perdoná que leí el mensaje – me dijo Laura – es que tu celu está bueno y lo estuve espiando, escuché la música y todo. ¿Te molesta que lo haya hecho? No, todo bien. Me devolviste el celu, así que hoy se te perdona todo.

–         Te mandó como cinco mensajes tu novia. ¿Tan malo sos que no la llamás?

–         Pasa que estamos a los tiros últimamente, no te voy a aburrir con eso…

–         Yo estoy igual – me dijo – con mi novio. Voy de mal en peor. No sé para qué sigo con él, me hace la vida imposible.

Se regaló amigo, ¿o no?. Se regaló, me estaba tirando onda. No cabía dudas. Yo le empecé a decir que las relaciones son así, que todo es color de rosas hasta que uno se cansa y qué sé yo, boludeces por el estilo…

–         Por suerte siempre queda la posibilidad de conocer alguien nuevo, ¿no? – le dije sonriendo.

Agarró la indirecta enseguida, se le iluminaron los ojos.

–         ¿Te parece? – me dijo.

–         Claro que me parece, “las cosas se dan” – le dije yo.

Y es así loco, es como te digo, “las cosas se dan”. La vida es así. Te da sorpresas. Así que nos quedamos hablando un par de horas, la cosa era clara amigo, los dos veníamos con noviazgos totalmente desgastados, buscábamos aire fresco, algo nuevo que nos haga revivir un poco. Lo mejor fue que nos entendíamos a la perfección. Nos contamos de todo un poco, nos empezamos a conocer más íntimamente, nos reíamos de todo, en todo estábamos de acuerdo, así que me tiré a la pileta…

–         ¡Sabés qué Laura? Nosotros nos tenemos que empezar a ver, así nos vamos a dar cuenta qué es lo que queremos, nos vá a hacer bien.

–         Sí, creo que sí. Tenés razón. A mí me hizo bien conocerte.

Entonces arreglamos para volver a vernos al otro día a la misma hora y en el mismo lugar. Fue exactamente igual. Pegamos una onda bárbara. Nos sentimos muy bien el uno con el otro. Así que nos seguimos encontrando. A esto le sumamos unas cuantas llamadas a la noche. Algún que otro mensajito de texto provocador y viste como es esto amigo, “las cosas se dan”. Terminamos pactando nuestra primera cita nocturna. Esto fue anoche. Fuimos a comer algo y luego paseamos un rato. Estaba hermosa amigo. Hermosa. En un momento aguanté más y le comí la boca con unas ganas locas. Se enganchó por un momento pero después me frenó. Me recordó nuestros noviazgos. Entramos en un pub y yo dejé mi celu y la billetera sobre la mesa, nos  pusimos de acuerdo en que antes de dar el siguiente paso, teníamos que terminar nuestras relaciones. Era lo más justo. Me pidió permiso y agarró mi billetera. Curiosa, la abrió y se encontró con la foto de Victoria, se la quedó mirando y me preguntó si todavía la amaba. Yo le dije que ya no. Es la verdad. No le mentí. Me preguntó entonces si podía romper la foto. A mí me pareció medio desubicada pero para demostrarle compromiso le dije que si la quería romper que la rompa. Que yo igual hoy mismo iba a terminar con ella, “pero vos tenés que hacer lo mismo” – le dije. Ella rompió la foto y me dijo que iba a terminar con su novio también. Metió la mano en su cartera y sacó una agendita, “Quiero que vos rompas su foto como hice yo”, me dijo y me pasó la foto.

Te conté toda esta historia porque sos mi amigo, “era tu foto”, esta Laura es “tu” Laura, tu novia. Te juro que no sabía. Es como te digo amigo, la vida es así, te da sorpresas … “las cosas se dan”.

Walter

Río Gallegos

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