Una oportunidad para los del búnker

-¿Que cómo estoy? Esto es Hollywood, señorita. Gloria bendita.

Ángel, de 27 años, “gitano de Donosti”, condenado por robos y secuestro, preso desde 2002, fugado y encontrado, que cumple pena en Mansilla de las Mulas (León), matiza su inicial y sorprendente alegría al describir el módulo carcelario en el que vive.

-A ver, entiéndame, es gloria bendita dentro de lo mala que es la cárcel. Yo lo digo en comparación con el búnker, que es donde estaba antes. Usted no sabe lo que es eso. Allí te vuelves loco. Loco de verdad. Siempre solo y dándole vueltas al coco.

El “búnker” es el régimen de aislamiento. Dos horas de patio por la mañana -paseos por un espacio diminuto en grupos de cuatro o cinco- y otras dos por la tarde. 20 horas al día en la celda. Desayuno, comida y cena a solas y encerrado. Sin apenas actividades ni tratamiento. Solo alguna conversación a través de la ventana con algún compañero. Así ha vivido Ángel durante ocho años por estar clasificado como preso de primer grado -aquellos a los que por su peligrosidad extrema o inadaptación social no se les permite seguir un régimen ordinario de vida en la prisión, sino que se les aplica el régimen cerrado; unos 900 en toda España, según Instituciones Penitenciarias-.

El problema es que el propio aislamiento provoca una mayor conflictividad. Lejos de avanzar en la reinserción, y de poder acceder en algún momento al régimen ordinario, el preso entra en una espiral de depresión, locura o violencia de la que es difícil -a veces imposible- salir. El aislamiento puede durar la condena entera, 20, 30 y hasta 40 años en los casos más graves, sin permisos ni posibilidad de libertad condicional. Esto supone un problema no solo para el interno, sino también para la sociedad a la que, en algún momento, el preso finalmente regresará sin estar preparado para vivir en libertad. “Yo tenía suerte porque mi familia al menos pudo comprarme una tele”, dice Ángel, de pelo largo, tatuado y con piercing, que no quiere ser fotografiado. “Hay gente que no tiene ni eso. ¿Qué puedes hacer, durante años, 20 horas al día solo, más solo que la una y sin ver lo que pasa en el mundo?”.

Por eso ahora dice que vive en “Hollywood”. Desde hace dos meses reside en el módulo 11 de la cárcel de Mansilla de las Mulas. Puede -y debe- hacer actividades y vida en común con otros 30 presos. La conversación con él se desarrolla en el polideportivo en el que espera su turno para jugar al fútbol. Ángel se ha incorporado a un programa de esta prisión -no es una experiencia generalizada en otras cárceles- que pretende dar una oportunidad a estos internos. Si cumplen, pasan en algún momento al régimen ordinario y salen del agujero del aislamiento. Más de 70 lo han logrado ya. Si no, vuelven al búnker.

“Aquí la gente se lo piensa mucho antes de armar bronca”, dice Ángel. “En la cárcel hay peleas por todo. Aquí también hay chivatos, pero es mejor no soltar la mano para no acabar otra vez chapao. Al Peque se lo llevaron por encararse con un funcionario. Yo prefiero estar tranquilo. Así, creo que la semana que viene podré estar en segundo grado. Espero”.

El experimento -que lleva ya tres años funcionando- pretende lograr un ambiente menos taleguero en el talego más duro, y se basa en confiar en que algunos de los más complicados pueden adaptarse a la vida en común de la cárcel siempre y cuando las reglas estén muy claras. El premio es estar fuera de la celda ocho horas, durante las cuales se pueden mover con libertad por el módulo, y tener dos salidas a la semana, al campo de fútbol o al polideportivo. A cambio, la celda debe estar impecable; se dividen en grupos que se encargan de forma rotatoria de la limpieza, de repartir las comidas y de recoger el comedor; y deben hacer de forma obligatoria una actividad al día -otras dos si quieren-. Por cualquier incumplimiento se les impone un negativo que se anula con un positivo que pueden conseguir, por ejemplo, limpiando una ventana si hace falta. Cada mañana a las 9.30 tienen una asamblea para ver cómo va todo. “Es un poco como de niños, pero se vive mejor”, dice un interno.

“Aquí hemos visto históricos del primer grado, con muchos años de aislamiento detrás, progresando a un segundo grado”, aseguran Armando García, Rafael Martínez y José María Egido, educador, jurista y trabajador social de la prisión. “Ha habido cambios espectaculares”. Antonio Gutiérrez, bilbaíno de 43 años, con problemas de alcohol y drogas y 18 causas por hurtos, robos y un homicidio -que él asegura que fue un accidente- es un caso complicado. Acaba de llegar al módulo y aún no se sabe si en su caso funcionará el programa, pero él confía en adaptarse. “En aislamiento te vienes abajo. Estás mal, muy mal”. Lo mismo piensa el argelino Yusef, de 20 años, que juega descalzo al futbol mientras asegura que está preso -preventivo- injustamente. “Mi ex me denunció por romper la orden de alejamiento, pero ese día yo estaba en la cárcel. Lo probaré”.

Respeto en las prisiones

Este programa no hace más que extender a los presos más peligrosos la filosofía de los módulos de respeto, pensados para presos de régimen ordinario y nacidos precisamente en la cárcel de León en 2001, también como experimento. Desde 2004 se han extendido a 68 cárceles y 180 módulos. 15.096 internos -de un total de 66.000- viven ahora bajo este régimen.

La cárcel parece menos cárcel en estos módulos. Todo está limpio y ordenado, no hay barullo, hay comisiones de acogida para los que llegan y de convivencia para solucionar los problemas. No hay peleas por sentarse en una silla determinada o por usar la cabina de teléfono -so pena de salir del módulo-. La conflictividad es casi anecdótica y hay menos consumo de droga -“hombre, algún porrito de vez en cuando”, dice Francisco, interno de Navalcarnero (Madrid).

Pero no todas las prisiones funcionan igual y el sistema -o su ejecución en algunos sitios- tiene sus sombras. Sobre todo, se corre el riesgo de que los presos buenos avancen rápidamente en los módulos de respeto y que los otros se conviertan en guetos de internos complicados, difíciles de gestionar para los funcionarios.

Algunos presos se quejan de que en cárceles con pocos módulos de respeto llevan allí directamente a la gente que nunca antes ha estado en la cárcel -por tráfico o violencia de género, sobre todo-, cuando son los que menos necesitan aprender unas pautas ordenadas de vida. “Debería ser un premio para la gente que se lo merezca y una oportunidad para aquellos en los que antes no han confiado”, opina Marcos, preso desde 2002, que ahora está en un módulo de respeto en Navalcarnero. La solución no es fácil, porque tampoco parece lógico meter en un módulo difícil a un interno que ha delinquido por primera vez. En todo caso, el programa para los más duros de León, que cuenta con profesionales totalmente implicados, abre al menos una rendija para poder tratar a estos internos. “Yo de aquí no me muevo ni loco”, dice Ángel. “Al búnker no vuelvo”.

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