Los Reyes Magos visitaron la cárcel donde viven las madres y sus hijos

Por Ramiro Barreiro
En la Unidad 31, los 22 nenes que están alojados con sus mamás recibieron regalos de parte de los actores Pablo Alarcón, Edgardo Heredia, Héctor Calori y Edgardo Nieva. Las 187 internas disfrutaron de un espectáculo atípico.
Matías y Maia apenas se conocen. Juegan juntos con cuanta pelota o triciclo se cruce por el patio y se buscan día y noche. Se quieren pero no lo saben: aún no cumplieron un año y ya se miran los cachetes, pegoteados de caramelo, con la misma tentación que sus mamás. La rutina arranca a la mañana temprano, con el anuncio tímido del muchachito. A partir de ahí chapotearán entre risas en la nueva pelopincho, se correrán a los gritos por los pasillos y en el jardín de infantes (lugar donde se hizo el evento) y dormirán siestas a la sombra. Su pequeño amor ya es asumido por las siete madres que habitan el pabellón 18 de la Unidad 31 de Ezeiza y está inmortalizado en una de las paredes con dos figuras de papel que llevan sus nombres. Ambos nacieron allí, pero dentro de tres meses, el príncipe azul seguirá los pasos de su madre y nadie sabe si volverán a verse.
Matías e Isaac son los únicos varones de los 23 niños que viven junto a sus madres en el Centro Federal de Detención de Mujeres. Cumplen jornada completa en el jardín que allí funciona con un breve descanso al mediodía y, cada tanto, salen a degustar la libertad gracias al programa Volviendo a casa. Se trata de la misma cárcel donde Pablo Trapero filmó la película Leonera y en la que ayer recibieron la visita de los Reyes Magos, encarnados por los actores Pablo Alarcón, Héctor Calori y Edgardo Heredia, con la colaboración de Edgardo Nieva (el irreverente Gatica de Leonardo Favio). Recibieron juguetes, regalaron sonrisas y sudaron el calor que parece estacionarse, obstinado, en los bloques de cemento.
“Vi caras de felicidad en los chiquitos porque recibieron regalos por tres personas disfrazadas de algo parecido a los Reyes Magos y también en las madres que nos buscaron para sacarse fotografías con nosotros. Fue la imagen de un jardín de infantes como los de mi barrio, Colegiales”, manifestó Pablo Alarcón, quien también resaltó: “Acá queda en evidencia el amor que se genera entre una madre y un hijo”.
Carla Muriel tiene 22 años y es la mamá de nuestro príncipe. Nos lo presenta durmiendo la siesta en su cochecito, en el centro mismo de la celda de tres por dos metros que están por abandonar. “Los últimos días se hacen más largos que los primeros”, dijo a Tiempo Argentino. Una vez cumplida la condena, volverán al pago: Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. De allí también son Charlotte, la otra hija de Carla, y el papá de ambos pibes.
El calor busca imitar a los sueños pero su destino es morir ahí atrapado, entre los pasadizos que distribuye los 18 pabellones. “Vení que te invito a que conozcas mi casa”, le confía una interna a los actores y enseguida reclama un aspecto inocultable de la cárcel: “hacen falta ventiladores, pero no de techo, queremos esos turbos grandes como los de las pizzerías”. Todos asentimos.
Sonia Álvarez, alcaide mayor del Servicio Penitenciario Federal (SPF) y directora del penal reconoció que “este evento sirve para que las internas se sientan acompañadas y sepan que la sociedad está con ellas. Desde todas las áreas de la Unidad se trabaja para fortalecer este vínculo madre e hijo para que sepan que lo que tienen con ellas es un ser humano y no una herramienta”. A su lado, Juan Gregorio Natello, director general de régimen correccional, coincide y agrega: “en comparación con la población carcelaria masculina, esto es muy importante porque las mujeres reciben muchas menos visitas externas”. El funcionario también refirió a la principal encrucijada que tienen las reclusas con respecto al destino de sus hijos: que vivan en libertad o en brazos de sus madres. “Hay un estudio realizado por profesionales del Hospital Garrahan que indica lo perjudicial que es el encierro para los chicos y mi opinión también va en ese sentido”. Hasta 1996 la edad tope para que los niños abandonen la cárcel era de dos años. En la actualidad es de cuatro.
Araceli rasga con violencia el paquete que esconde su regalo: un pizarrón con tizas que garabatea al instante. Su flequillo reluce junto a sus ojos grandes y negros y a pesar de sus dos años y ocho meses se las arregla para decir su nombre con una pequeña imperfección: “Arateli”. Su mamá, Estela Martínez, oriunda de Curuguaty, Paraguay, no duda: “Acá hay droga y robos pero no importa, yo me quedo sola con Ara.” Una compañera de pabellón, Isabel Páez, la tiene más difícil. Su hija Danisa está con ella, pero su hijo Brandon vive afuera, con su papá. Todavía no tiene condena, por lo cual, su libertad no tiene fecha. Su calvario son las visitas ya que “la nena llora para irse y el nene para quedarse”. Ya hizo cuatro pedidos de arresto domiciliario y todos fueron negados

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