Reyes Magos de visita en la leonera

Tres actores recorrieron los pabellones, donde conviven 22 madres, 24 niños de hasta cuatro años y siete embarazadas. Los chicos pusieron los zapatitos y el pasto y recibieron el afecto y obsequios de los visitantes.

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Las madres y los chicos compartieron la celebración con actores, autoridades y periodistas.

Descalzos, veinticuatro pares de pies minúsculos corretean entre los zapatos de las celadoras. Los hijos de las detenidas del Penal 31 de Ezeiza se acaban de sacar las zapatillas. Las dejaron junto al árbol de Navidad, el pasto y el agua para los camellos. “¡Los Reyes Magos ya van a llegar!”, promete una maestra del jardín de infantes de la unidad, ubicada en Ezeiza, y los más chiquitos se despabilan. Los más grandes, avivados, buscan los regalos con la mirada. Son 24 nenes de hasta cuatro años que conviven con sus mamás en los pabellones de maternidad. Una de ellas toma el micrófono y resume a los bajitos y sus compañeras extranjeras cómo funciona la cuestión: “A ver. Acá ponemos los zapatitos, para que los nenes privados de su libertad puedan tener sus regalos”.

Las paredes del jardín están llenas de avioncitos de papel azul, de dibujos, de fotos que muestran sus sonrisas y los abrazos con sus madres. Hay carritos de colores, sillitas, un cambiador para los nenes. No están presos. No son detenidos, aunque compartan el encierro. Sus maestras los tratan con cariño. Los miman. Los toman en brazos.

Afuera, los muros delatan el contexto. No hay figuras infantiles estampadas sobre los portones, ni se puede corretear entre pabellones. Erica, una holandesa detenida en la Unidad 31, los mira con cariño. Ella, a diferencia de sus pares, no es madre. Dice que se recibió de psicopedagoga en su país y trabajó en misiones internacionales por años. “Pero estar en la cárcel cambia todo, te encuentras contigo misma. Veo el amor de las madres por sus hijos aquí en prisión. Es una relación muy especial, distinta a todo lo que he visto”, cuenta sentada en un banquito, mientras aplaude llevada por el ritmo de las palmas de sus compañeras de reclusión. Nunca ha festejado la celebración del 6 de enero, no es costumbre en su país.

Los chicos pegan saltitos expectantes, cuando Melchor, Gaspar y Baltasar llegan, cargados de caramelos y obsequios. Bajo sus capas, turbantes y maquillaje, se esconden los actores Héctor Calori, Edgardo Moreira y Pablo Alarcón. A unos metros, Edgardo Nieva, protagonista de la película Gatica, el Mono, festeja contento. “Es la segunda vez que ayudo a realizar este encuentro –relata–. Como actor, me hace sentir muy feliz, me impulsa muchísimo.” El director del Servicio Penitenciario Federal (SPF), Víctor Hortel, también aplaude.

Maia, de un año y tres meses, fue una de las agasajadas. Carga en una manito regordeta un sonajero amarillo, y en la otra la mamadera. “Cuando la tuve estaba con arresto domiciliario”, cuenta su mamá, Verónica. Después, me peleé con la persona que estaba y me fui a lo de mi mamá. Pero no podía salir, y entonces me trajeron acá. Los chicos vienen al maternal a la mañana y a la tarde, tres horas cada vez. Mientras, yo trabajo. Hago carpetas. Al mediodía, almorzamos juntas.”

Isabel Páez juega con su hija. Danisa, de dos años, saca la lengua a Página/12. “Es mi segunda hija. Antes tuve acá en el penal a mi nene, pero cumplió cuatro años en noviembre y se tuvo que ir con mi papá. Fue lo peor que me pasó. Cada vez que viene a verme lo escucho llorando desde afuera. Una cosa es separarte por circunstancias, ponele por dinero o por trabajo. Pero que te separe una reja… Por suerte, mis compañeras me ayudaron mucho.”

Cuando un chico tiene que abandonar el penal, según el director de Régimen del SPF, Juan Natello, “hay un abordaje previo y posterior con un equipo de psicólogos, docentes, médicos y pediatras”. También, dice, se trabaja con el grupo familiar que lo va a recibir. “En la mayoría de los casos, es un pariente de la madre, pero en los casos de las extranjeras, muchas veces interviene una familia sustituta”, detalla. Los reyes, en tanto, comienzan a recorrer los pabellones, donde conviven 22 madres, 24 niños y siete embarazadas.

“¿Si mi hijo no estuviera conmigo acá? Sería lo mismo que dejarlo tirado.” Daiana Franco sabe lo que es la calle. Mientras habla, descansa su brazo sobre la mesa de mantel verde del Pabellón 18. Está procesada por robo con arma desde el 9 de mayo último. Estuvo dos años en silla de ruedas por una fractura de tibia y peroné, hasta que pudo caminar, con la ayuda de unos tutores externos, dos tornillos unidos por un sostén de metal. La cicatriz le recorre desde la rodilla al tobillo. “Uno de mis hermanos me pegó un tiro en la pierna”, explica.

Su hijo, Isaac, nació el 2 de julio. “Y yo me quiero matar. No me gusta que esté acá. Es un encierro total. Pero estoy entre la espada y la pared. Mi familia no lo puede cuidar bien y yo quiero que tenga las oportunidades que yo no tuve. Quiero que sea un pibe re-legal, sentirme orgullosa de la vida. Que estudie, trabaje. Mi hermano está preso, mi mamá se murió, mi otra hermana está en situación de calle, se droga todo el tiempo. Yo por mi hijo voy a cambiar. El es mis ganas de vivir.”

En el Pabellón 17, Carina abrió las puertas de su “casa”. Su celda tiene televisor, un ventilador de pie y cortinas de color cálido. “Me crié con sus éxitos”, le dice a Pablo Alarcón, mientras acuna a uno de sus mellizos. Alarcón se voltea. “¿Viste que te olvidás de dónde estás?” Los chicos, en sus celdas, terminan de desenvolver los regalos.

Informe: Rocío Magnani.

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