Rodrigo de Triana – Relato apócrifo, por Americo Salvador

Después de dos meses… y algunos días en que los marineros no habían visto “otra redondez” que no fuera la superficie de sus cascos, pasó que Rodrigo de Triana se estaba durmiendo allá arriba en el mirador. En verdad, se quedó dormido y entonces soñó. En el sueño se vio regresando a su Andalucía desecho en salud y envejecido. La última de las mujeres con quien el hombre no debe tener sexo ni disputas (LA ESPERANZA) también lo ha dejado solo.

El navio entra lentamente por el Guadalquivir y sus ojos se hacen saetas buscando en la margen derecha la figura encendida de su mujer.

No era bella, pero sí lo era en los misterios de amar, con maneras decididas para recorrer el estrecho sendero donde el amor y la muerte se suelen besar. Con ella pudo ser pintor antes que marino, con ella llegó a entrever el sitio distinguido que reservan los dioses para los amantes que dominan el fuego. En cada encuentro ambos transmutaban de simples mortales a peligrosas serpientes del desierto.

En tanto sueña, algo ha cambiado en la costa del río: no están las casitas cúbicas pintadas con cal ni los olivos redondos de la vieja heredad.

De pronto algo avizora en el absurdo paisaje de arena: a la distancia la ve a ella en compañía de un hombrecito color canela. Parece feliz, despreocupada, ausente.

Sus cuerpos libérrimos y desnudos no tienen embozo ni ropa alguna. Tampoco conserva ella la almendra de vidrio y el crucifijo, sino un fino lacillo con plumas amarillas.

Rodrigo de Triana viendo punzada su conciencia por tanta herejia, da un salto y se pone de pie y ya despierto se toma de la barandilla. Pero la escena total de su sueño permanece inmutable en la realidad.

El viento y la ira descomponen la barba y los ojos, crispa los puños, llena los pulmones con todo el aire que puede y profiere el primer insulto dicho en America.

¡PEEERRAA! Fue el grito que corto el aire y no TIEERRAAA como se ha contado.

Esto ocurrió tal como lo he contado, en las playas de barlovento en la isla de Guanahaní en el amanecer del 12 de octubre del año de Nuestro Señor Jesucristo de 1492. Yo estuve ahí. Era jueves.

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