La buena educación de los fines de semana, para prevenir la violencia en Guatemala.

Maco Castillo dice que no hay que prevenir la violencia: “hay que anticiparse a ella”. Es el Director General de CEIBA, Asociación para la promoción y el desarrollo de la comunidad de Guatemala, y fue una de las cabezas que puso en marcha un proyecto del gobierno nacional para abrir las escuelas los fines de semana y convertirlas en espacio donde los jóvenes se encontraran para aprender inglés, jugar fútbol, bailar hip hop en lugar de sumarse a las pandillas.

La experiencia se impulsó desde las bases mismas de los barrios más conflictivos. Los vecinos decidían qué talleres se darían y quién estaría a cargo. No se seleccionaban maestros sino que eran los mismos jóvenes los que daban los cursos. El goleador del barrio dirigía el nuevo equipo. Los adolescentes que tocaban la guitarra en una esquina, ahora estaban frente a un aula. El hijo del quiosquero que estudiaba Ingeniería en sistemas daba computación.

Si bien Castillo no tiene índices de cómo esta experiencia bajó la violencia, está convencido de que se generó un cambio. “Porque los muchachos en lugar de estar en una esquina fumando un cigarrillo de marihuana, bebiendo cerveza, o intentando asaltar a alguien estaban dentro del programa y se daban cuenta de que la escuela los excluía del sistema, no los estigmatizaba y les daba la posibilidad de abrir un espacio diferente”.

En Guatemala el 70% de la población es menor de 30 años. Casi el 75% vive en estado de pobreza. Y más del 55 % no estudia ni trabaja. El proyecto de las Escuelas Abiertas impulsado por el gobierno de Álvaro Colom intentaba trabajar en prevención primaria para darles otras  opciones a los jóvenes.

El programa empezó en 2008 como proyecto experimental. La participación fue masiva. La iniciativa además financiaba la remodelación de escuelas, instalaba  Internet, computadoras, instrumentos deportivos.

Bienvenido Argueta, Director del Programa durante la gestión de Colom, dice que este tipo de iniciativas puede contribuir a bajar los índices de criminalidad, pero no es el elemento esencial para una reducción de la violencia. La intención era apostar a la participación juvenil. Se quería afianzar una nueva perspectiva en la sociedad acerca de los jóvenes.

Actualmente hay 220 escuelas con las puertas abiertas los siete días de la semana, en 18 de los 22 departamentos de Guatemala. Y según Argueta, el actual gobierno del Gral. Otto Pérez Molina ahora está definiendo si la política sigue dando prioridad a la prevención de la violencia  o no, “porque su dinámica y su lema es de mano dura”.

Maco Castillo vio florecer este programa. Ayudó a hacerlo crecer y estaba convencido de que era la puerta para iniciar un cambio. Pero cuando sintió que los objetivos que lo movilizaban se empezaban a perder por cuestiones políticas, se alejó de las Escuelas para seguir trabajando en CEIBA.

¿Con qué objetivos se abren las Escuelas Abiertas?

La idea básica era abrir las escuelas públicas a un grupo de jóvenes que por una u otra razón nunca iban a llegar a ellas. En Guatemala particularmente las escuelas que están en zonas de alto conflicto a veces solo tienen una jornada y el resto del tiempo están libres, no hay nadie, cero actividad.  Muchas veces por la tarde no se dan clases porque el nivel de violencia es muy fuerte y no hay maestros que quieran llegar a trabajar en esos horarios. La intención era que el programa no compitiera con la escuela tradicional, sino fundamentalmente que se convierta en un espacio libre y abierto que convocara a los vecinos. Se pretendía generar un proyecto preventivo, aunque yo no creo en la prevención, sino en anticipar acciones para reducir el riesgo de conflicto y violencia con los jóvenes. Incluso me siento más cómodo hablando de anticipación que de prevención porque uno no debe esperar a que el problema esté encima para luego reaccionar.

 

¿Y cómo gestionan ese compromiso de la sociedad?

Los vecinos del barrio decidían acerca de los talleres que se darían en las escuelas, elegían a  los talleristas, incluso buscábamos que no sean maestros titulados sino jóvenes de la zona. Por ejemplo: si íbamos a abrir un taller de fútbol, el profesor sería el joven del barrio que mejor jugara a la pelota. Se lo contrataba y capacitaba para que sepa cómo comunicar sus ideas. Para el de música llamábamos al grupo que tocaba la guitarra en una esquina. Quisimos enseñar computación y darles herramientas y a veces estaba el hijo de un vecino que estudiaba ingeniería en sistemas, y que era parte del grupo y que podía ayudar a los chicos, y los chicos lo conocían, entonces eso les generaba confianza. La intención era abrir una convocatoria amplia y desde la base. El concepto de EA nace con la idea de que la educación no puede ser ente aislado de la comunidad y los conflictos del barrio no son responsabilidad única del Estado. Abrir la escuela era abrir espacios públicos donde los adolescentes y jóvenes pudieran llegar sin estigmas, sin barrera. 

¿Cuáles eran los temores del Gobierno al comienzo?

Desde el gobierno al comienzo tenían mucho miedo de desarrollar los programas en áreas de conflicto, querían asegurarse de no fracasar porque tenían la prensa detrás de ellos tratando de ver en qué se equivocaban para cuestionarlos. Esto es muy normal aquí, la prensa suele estar siempre plegada a la derecha.

 

¿Hubo prueba piloto?

Cuando nació EA tuvimos pilotaje de casi 6 meses en dos escuelas de Guatemala de barrios conflictivos. Hicimos análisis de campo, probamos la metodología, trabajamos con mapeo de actores, construyendo base para que la gente que participara fuera genuinamente del barrio. Aprendimos muchas cosas. Y el trabajo fue validado. El gobierno no tenía experiencia en la calle. Mientras yo estuve en el proyecto las escuelas abiertas estaban en 57 zonas de áreas altamente conflictivas.

 

¿Y cómo era visto el programa por la sociedad?

El programa era súper bondadoso. La gente estaba feliz. Lo que sucede es que no sólo puedes abrir un programa para que los chicos vayan a jugar futbol sin mayor situación de cambio.

 

¿Pudieron medir si el proyecto incidió en reducción de índices de violencia?

Empíricamente lo puedo decir, pero la evaluación era a los 2 años y no se llegó a hacer. Teníamos indicadores que iban a definir el índice de reducción de conflictos o reducción de casos de violencia el fin de semana. Sí hubo incidencia porque teníamos a un grupo de chicos vinculados a grupos de maras, pandillas o que participaban en grupos de narcotráfico y que el fin de semana aprendían inglés, jugaban al futbol, bailaban hip hop. Evidentemente las horas que los tenías adentro restaba positivamente a favor del barrio. Porque estos muchachos en lugar de estar en una esquina fumando un cigarrillo de marihuana, bebiendo cerveza, o intentando asaltar a alguien estaban dentro del programa y se daban cuenta que el programa no los excluía del sistema, no los estigmatizaba y les daba la posibilidad de abrir un espacio diferente. Si hubiésemos tenido la posibilidad de hacer la evaluación creo que hubiésemos comprobado que el programa reducía los índices de conflictividad. Y por otro lado los jóvenes vinculados a grupos de criminalidad, de haber continuado, hubieran tenido la posibilidad de dar un salto y hacer otra cosa que no fuera el delito.

 

¿Porqué te alejas del proyecto?

Lamentablemente se fue por la vía política más que por la técnica. Me da la impresión que en ese momento la Primera Dama de la Nación, doña Sandra de Colom, que era la que tenía básicamente en sus manos el programa, pensó que este podría ser buena catapulta política y electoral, entonces abrieron unas 200 escuelas más en zonas donde no había conflicto ni eran pertinentes. Por otro con un proyecto que apenas tenía año y medio no se puede dar un salto así, a nivel nacional. Fue un suicidio. En el camino nos quedamos sin  elementos de monitoreo, de evolución, que era lo que yo hacía. Teníamos un equipo de trabajo full time, recorriendo las escuelas los fines de semana, revisando lo que pasaba, hablando con los que daban los talleres que eran chicos que tenían legitimidad en el barrio. La expansión es también por presiones de los diputados que querían meter a sus personas a los programas. Eso deformó la idea. No la dejaron madurar. Y la expansión debía estar definida por el mapa de violencia no por el mapa político electoral.

 

¿Qué otras cosas se pretendían hacer a través de EA?

Lo siguiente era colocar dentro del programa espacios para la resolución de conflictos, íbamos a iniciar una experiencia de primaria y secundaria flexible, para que los chicos que no tenían oportunidad de estudiar porque estaban pasados de edad o por las razones que fueran, pudiesen llegar allí los fines de semana y sacar su certificación de educación, y más adelante poder introducir un formato de una oficina de empleabilidad para buscarles trabajo. El programa daba para mil cosas.

 

¿Con el nuevo gobierno, el programa tendrá continuidad?

Sí, el programa va a seguir, y eso es bueno. Sin embargo empezaron a salir ya temas de corrupción. Problemas en la sobrevaloración de algunas cosas, en la venta de comida, en los salarios. Cosas que yo peleaba para que no sucedieran. Incluso la presión de los diputados: ellos que toquen otros programas pero que no nos toquen a nosotros porque las escuelas deben seguir abiertas y sustentadas desde la base, desde la comunidad.

 

¿Cómo funciona ahora?

A medio vapor. Pasó a depender del Ministerio de Acción Social. Yo he sido siempre muy crítico con el programa porque yo lo quiero, realmente le tengo amor, y me duele lo que a veces pasa dentro, y cuando la Ministra me pidió mi opinión fui muy claro en decirle las cosas que había que mejorar y que hacer. Pero el gobierno actual no tiene ni las más mínima idea de lo que es el trabajo social. Si sabe lo que va a hacer a nivel de seguridad punitiva, pero no tiene idea de lo que hay que hacer en una comunidad con un modelo diferente que no sea la violencia.  Una de las cosas que logré convenir con la Ministra era que había que hacer una evaluación del programa, una revisión, sin embargo ella se adelantó. Logramos que UNICEF financie la evaluación, con licitación pública. CEIBA mandó su propuesta, pero no sabemos si vamos a ganar. Si lo logramos queremos trabajar con entrevistas en profundidad y grupos focales con gente de una muestra de unas 50 escuelas aleatorias (o sea del 10%, porcentaje que le da validez a la investigación). Y producto de ese trabajo con la comunidad ellos se deberían dar cuenta de los cambios que tienen que hacer.

¿En qué programas están trabajando ahora en CEIBA?

Hicimos un estudio de investigación/acción sobre la percepción que tienen dos barrios violentos sobre el trabajo de la policía. Le mostramos a la policía de los barrios y a la Ministra el resultado de las encuestas de 1000 personas –con una técnica caracol, muy bien pensada con entrevistas de puerta a puerta. Y luego hicimos en otro barrio grande un trabajo sobre la percepción del conflicto y la violencia. Estas investigaciones no sólo nos dan una idea –aunque sea a nivel empírico- sobre la situación de conflicto sino evidencian las situaciones que se dan en las comunidades y que es importante que las autoridades las conozcan. La intención de meter a la policía en los barrios –cuando se puede, porque no siempre las fuerzas de seguridad quieren llegar- es que escuchen lo que la gente dice y también que la gente escuche lo que el policía piensa. En estas mesas de discusión urbana sobre la paz y el conflicto, también tenemos que tener acercamientos con grupos que no están siempre dentro de la legalidad. Tenemos que sentarnos en algunos momentos, o buscar conectores, gente que nos acerca, para poder llegar con el mensaje de resolución de conflicto también con estos grupos. A veces hay que hacer negociaciones para que no vayan a asesinar a un muchacho porque perdió una carga de drogas, o porque quiere salirse de la pandilla y no lo dejan. O porque quieren aplicar una extorsión a una familia que no puede pagarla y que va a tener que mudarse. Tratar de convencerlos de que este tipo de estrategias no funcionan. Hay que acercar el diálogo. Ha sido un proceso muy lento y muy peligroso, pero muy importante.

 

¿Cuentan con apoyo del Estado?

La relación de nuestra organización con el Estado yo diría que es ocasional. Oficialmente no tenemos ninguna vinculación. De hecho el Estado no participa económicamente en los programas de CEIBA, a pesar de que CEIBA hoy tienen 8100 muchachos con nombre y apellido que participan todos los días en el programa y llegan todos los días a las distintas áreas donde estamos. A pesar de ese volumen de atención, el Estado ha estado históricamente invisible del apoyo a CEIBA. Hemos logrado, en algunos momentos, unas subvenciones que no representan ni siquiera el 10% de nuestro presupuesto, queademás son ocasionales.

 

¿Cómo financian el trabajo?

Estamos en un momento muy difícil. Tenemos programas con algunas organizaciones como la Fundación española que se llama CODESPA. También presentamos un proyecto a la Unión Europea y logramos obtener unos fondos. Estamos iniciando otro programa con una ONG  holandesa. Tenemos fondos del Banco Interamericano de Desarrollo, que se acaba ahora en junio pero que nos han ayudado mucho para levantar todo el tema de tecnologías. Y contamos con presupuesto de Alemania –de hecho eligieron nuestro programa de Paz Urbana para presentarlo en la campaña cuaresmal que hacen todos los años en ese país. Teníamos algunos recursos de la USAID pero ellos tienen un estilo de ver el conflicto y la resolución de problemas que no empata con lo que nosotros hacemos, y entonces tomamos la decisión de retirarnos mutuamente para seguir evitando fricciones. Estamos buscando nuevas líneas de financiamiento, inclusive con el Estado.

 

¿Este modelo de CEIBA es replicable?

Sí. El programa de Paz Urbana es un modelo totalmente replicable, al igual que la iniciativa de las Escuelas Abiertas. Lo que falta es voluntad política.

FUENTE

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