cuento de David Ábalos

Hola July, mi princesita:

 

Te voy a contar sobre una conejita muy chiquita que se encontraba triste y preocupada: ya habían pasado tres días desde que papa conejo no regresaba, ella tan chiquita miraba como su mama trataba de animarla con todo tipo de juegos y distracciones, pero sabia que su mamá se encontraba en la misma situación de animo, veía como se sobresaltaba cuando escuchaba un mínimo ruido, alzando sus orejas tan grandes a la espera de ver llegar a su conejo pero no aparecía: las dos se encontraban en tal estado de desesperación que recurrieron a todos los animalitos del bosque para escuchar alguna respuesta que les diera una esperanza sobre donde se encontraba, quien lo había visto por ultima vez o por donde seguir buscando. A medida que consultaban a cada uno, veía como ellos se apiadaban de ellas pero, lamentando no ayudarlas. El búho, el castor, una osa, la cebra, la ardilla, nadie pudo calmar la preocupación de la coneja y la conejita tan chiquita, que miraba con tanta atención a cada uno de ellos.

 

Llegaron a la cueva de una serpiente llamada “Tita”: al escuchar que la llamaban Tita salio embravecida  rodeándolas con sus tres metros de largo. En cuestión de segundos, a esas dos conejas ubicadas enfrente, las tenía acorraladas. Miró cómo la coneja más grande sobresaltada, se interpuso entre su conejita y tartamudeando explicó la razón por la cual osaron molestar su siesta. La serpiente las miró muy atentamente más allá de los ojos asustados de la coneja. Percibió angustia, tristeza y preocupación. Entonces, fue aflojando el círculo que las acorralaba y mientras admitía con una sonrisa que había sido muy valiente interponerse delante de la conejita. En su posición cualquier otro animal habría intentado huir dejando a su pequeña asustada e indefensa, como si fuera un bocadillo apetitoso. Tita se compadeció de ellas y prometió acompañarlas en la búsqueda…

 

Las tres fueron en busca del halcón, que día a día merodeaba el cielo en busca de algún alimento para sus hijos. Cuando al atardecer llegaron al nido del halcón encontraron solo a sus hijos esperando – hambrientos. En cuanto llegó, le dijeron a que se debía su visita. Se quedaron durante media hora hablando de los sucesos que vio el halcón en esos últimos tres días. Les conteo que hubo una manada de leones merodeando la zona, inmediatamente la coneja se estremeció. Pero el halcón trató de calmarla explicándoles que no acostumbraban a cazar animales pequeños. Al ver que suspiró, continuó contándole sobre un coyote que se encontraba recorriendo el bosque de manera sospechosa. Tita interrumpió al halcón preguntándole cuando habría sido la última vez que lo vio. Justamente esa tarde se encontraba del otro lado del río y quizás podrían averiguar. Sobre el conejo. Más de tres horas pasaron siguiendo la pista del coyote. Cuando llegaron del otro lado del río, ya estaba anocheciendo así ue tuvieron que acomodarse dentro de un árbol viejo, para así poder descansar y continuar en la mañana. La serpiente guardiana esperaba a que se durmieran y se enroscaba en ellas para que el frío no llegue y puedan estar calentitas. Cuando al amanecer retomaron las huellas de varios metros del coyote: saltó éste en actitud de atacar, detrás de una roca, donde se encontraba escondido. Tita serpenteó entre las conejas cuando el coyote se preparaba para atacar y se colocó delante de ellas mostrando sus colmillos en protección de sus nuevas amigas. El coyote confundido al ver a una serpiente en defensa de dos conejas se mantuvo a la expectativa y preguntó por qué andaban persiguiéndolo. Tita se lo comentó y el coyote le dio la espalda diciendo que vio a su conejo hacía dos días, en la noche en que las hienas andaban en busca de la comida de los leones o cualquier presa indefensa.

La conejita le preguntó por dónde había visto a su papá conejo, pero el coyote contestando de manera indiferente le decía que sería en vano seguir buscando ya que el conejo esa noche trataba de huir de las hienas sin ser visto ni oído pero dudaba que haya tenido éxito. La madre coneja, a pesar de lo que ese animal contaba, sentía una esperanza difícil de explicar, en que lo encontraría. Dejándose llevar por su intuición, contesto secamente que le agradecía por la información y que les dijera dónde vió huir a su conejo. El coyote la miró apenado y le señaló el lugar al que llamaban “campo minado”. Dicho eso les deseó suerte y siguió su rumbo.

 

Tita miró a sus nuevas amigas y vió esas esperanzas que sentían de encontrar a su conejo. Se quedó conmovida y les sugirió que la acompañasen ya que ella conocía el lugar que el coyote llamó “campo minado”. Las conejas emprendieron el viaje junto a Tita. A medida que el bosque cambiaba sus formas y entraban en un terreno desconocido para ellas pero no para la serpiente, se fueron colocando detrás de ella, siguiendo el camino que dejaba al arrastrar su cola. La conejita preguntó por qué llamaban de esa manera al lugar donde el coyote había visto huir a su papá. La serpiente le contó que muchos animalitos caían en las trampas que los cazadores preparaban, la mayoría mortales y pocas, inofensivas.

 

En cuanto Tita se detuvo, la mamá  coneja pregunto qué sucedía. Tita, entonces, les anunció que podían empezar a llamarlo ya que se encontraban en la zona minada. Al pasar al lado de seis de esas trampas se horrorizaron por los animales que encontraban atrapados. Tan sólo dos se encontraban vivos, y los ayudaron a liberarse. Eran un topo y una comadreja. Mientras la comadreja agradecía, el topo dijo que había escuchado a un animal que se quejaba, atrapado en un pozo, que era una especie de trampa. Lo había escuchado a unos kilómetros antes de caer en la trampa donde lo encontraron.

 

El topo se comprometió a guiarlas hasta ese pozo en gratitud por haberlo liberado. Ni bien iniciada la marcha detrás del topo, la fe crecía en las conejas, esperanzadas en que pronto lo encontrarían.

 

Muy cansados llegaron a un lugar donde el topo les indicó que tan sólo a tres metros estaban: la coneja y la conejita se miraron, una a la otra, sin poder producir una palabra. Tita las empujó para que reaccionaran. Las dos se colocaron en la orilla del pozo y miraron hacia abajo pero era tan oscuro que tuvieron que gritar. Inmediatamente contestó el conejo con una voz tan débil que, para asombro de ellas las hacía llorar y saltar de alegría. Al saber que estaba ahí dentro, hambriento, lastimado – por la caída seguramente – pero se encontraba bien. Era lo más importante: llegaron a tiempo la serpiente Tita, el topo y la comadreja compartían su alegría. La emoción que produce el ayudarse los unos a otros. Chocaban entre sí, exaltados para buscar la manera de sacar al conejo, tan buscado durante días por esas conejas. La comadreja, al ver la desorganización de sus propias reacciones tomó la iniciativa y decidió dar órdenes a cada uno para que armara el rescate. Su primera orden fue al topo: como conocía ese territorio le pidió que encontrase todo el alimento posible. A las conejas, que buscaran algunas lianas para usar como cuerda. A Tita, algunas hojas de los árboles para vendarlo en caso de encontrarse lastimado. La comadreja armaría una camilla que uniría con las lianas. En cuanto estuvo todo preparado, amarraron un extremo de la liana a un árbol y el otro, a la cola de Tita. El topo, la comadreja y las conejas tomaron la liana a medida que Tita se introducía en el pozo. Después de varios minutos de tensión, Tita gritó desde abajo para que jalaran las lianas. Las subieron con tanta emoción hasta que apareció Tita enroscando al conejo. Este lucía una apariencia lamentable pero con una alegría contagiosa. En cuanto Tita colocó al pobre conejo sobre la camilla improvisada por la comadreja, las dos conejas lo abrazaron con tanto cuidado que el tan solo repetía que las amaba y se sentía orgulloso de las dos. También les agradecía a Tita, al topo y a la comadreja que, en ese momento tan emotivo, deslizaban lágrimas de alegría.

 

En su regreso a casa, el conejo les conteo cómo había ido a parar a esa trampa: en la noche que huía de las hienas y los leones, pensó  que pisaba tierra segura y de repente cayó en ese pozo, quedando inconsciente durante bastante tiempo y sin que nadie pudiera rescatarlo.

 

En el trayecto que emprendieron para regresar, se reunieron todos los animales del bosque y en cuanto vieron aparecer a los rescatistas organizaron una fiesta para celebrar la valentía de esa familia de conejos que no se rendían ante cualquier amenaza y a pesar de la angustia y desesperación hicieron nuevos amigos en su aventura.

 

Varios meses después de recuperarse el conejo, madre e hija coneja, viajaron junto a  él acompañándolo a cada sitio, unidos como familia, todos contentos y  felices para disfrutar sus nuevas aventuras junto con sus amigos: Tita, la serpiente, el topo y la comadreja…. Vivieron así en mutua paz y armonía….

 

FIN!!!

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Agradecemos a María Cristina Alvite, bibliotecaria en contextos de encierro de Chubut, por el envío de este cuento.

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