La educación de adultos del siglo XXI. Un sistema educativo para crear capital humano – Salvador Muñoz Martínez

Hace casi 12 años que vine a El Salvador por primera vez, acompañado de dos personas que tuvieron un significado muy importante para la Educación de Adultos de El Salvador y también para mi futuro profesional. Sin ellos yo no estaría acá, y es por eso que quiero comenzar mis palabras rindiendo homenaje a Jorge Cavodeassi, quien fue Director General de Programación de la OEI entre 1990 y 1997, y María José García-Sípido, Directora de Programas de la OEI. Ambos fueron los impulsores del Programa de Alfabetización y Educación Básica de Adultos de El Salvador (PAEBA) tras los Acuerdos de Paz, y probablemente muchos de los facilitadores, promotores y técnicos del Ministerio de Educación les recordarán. Usted, querida ministra Darling Meza, sin duda les recuerda. Ambos fallecieron víctimas del cáncer, Jorge en 1997 y María José en 2006.

En este recorrido de educarnos para toda la vida tenemos que enfrentar situaciones difíciles. Unas son reversibles, otras no. De momento, el cáncer es una enfermedad que, a pesar de bajas cercanas como la de Jorge y María José, tiene historias de éxito, se puede combatir. El analfabetismo es otra lacra con la que nos enfrentamos en la vida, pero ésta sí es un estado reversible. He venido a comentar y compartir con ustedes experiencias y pensamientos, poner sobre la mesa experiencias propias y ajenas y ver cómo podemos mejorar la situación de la Educación de Personas Adultas en El Salvador y, por qué no, en toda nuestra región Centroamericana.

Me interesa especialmente la vinculación entre educación y pobreza, la vinculación de la educación de personas adultas con la formación profesional, con la inserción laboral y la orientación profesional, la existencia de un sistema educativo que genere capital, pero capital humano, y la coordinación entre instituciones. Parece mentira, pero muchas veces no son recursos materiales lo que precisamos, sino recursos humanos calificados que sepan coordinarse y complementarse. Pero comencemos con el pecado original: la pobreza.

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smunoz

2 de noviembre de 2007

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