El imperio de las antinomias

Por Alejandra Rodríguez

En los últimos tiempos, el debate político se ha tornado complejo, empobrecido en una encerrona de la que resulta difícil desmarcarse. El escenario social y cultural que se presenta como continente se delimita entre dos campos definidos: el kirchnerismo y el antikirchnerismo. Tal es así que resulta casi imposible reconocerse kirchnerista y criticar alguna medida del Gobierno, o bien no serlo y defenderla. El kirchnerismo y el antikirchnerismo funcionan como lugares desde los que se pueden anticipar y explicar los comportamientos, las intenciones y los efectos de las palabras. De modo tal que las opiniones se ven condicionadas a priori en una suerte de lógica antinómica mediante la cual se está de un lado o del otro.

En un programa televisivo por Canal Encuentro, Adrián Paenza nos recuerda que el sistema binario está incorporado en nuestra vida cotidiana como forma de proceder para interpretar el mundo que nos rodea y que podemos escribir con 0 y 1 cualquier número hasta el infinito, así como codificar textos e imágenes. Ahora bien, ¿qué pasa cuando trasladamos esta lógica a la política? ¿Qué sucede si utilizamos la lógica de los sistemas binarios a la hora de abrir los debates? Es ahí donde la matemática encuentra sus límites ya que no alcanza como herramienta para la comprensión o la argumentación política. Por definición, la lógica de los sistemas binarios supone imaginar un escenario dividido en dos con la grave consecuencia de poner de un lado todo lo que no está del otro. Entonces, el destino del debate de ideas resulta inexorablemente empobrecido.

La coyuntura política viene marcando la agenda de debate público, para el que debemos pagar -a modo de peaje- con una toma de partido por una u otra posición antes de abrir diálogo alguno. De este modo, nuestras argumentaciones quedan encasilladas en algún lugar del tablero. La dicotomía se impone sobre el juicio reflexivo, aquel que se caracteriza por constituirse como juicio con otros, entre otros. Entonces, la palabra termina siendo ruido y el diálogo un “como si”, porque dialogar supone estar dispuestos a pararnos en el lugar del otro, no para pensar como él, pero sí para incorporar su punto de vista, para conocer sus valores, sus razones e incluso para reafirmar las propias posiciones. El diálogo político supone la voluntad de desplazar las certezas, a riesgo de que éstas se vean modificadas; se trata de buscar el entendimiento aun en el desacuerdo.

El debate y el intercambio de ideas son condimentos indispensables para el fortalecimiento de la vida democrática, porque la democracia no se garantiza con un porcentaje determinado de votos, al menos, no, la democracia real, aquella que se sostiene con una ciudadanía activa, participante, dispuesta al ejercicio de la palabra y a la verificación constante de las elecciones y decisiones.

Es imposible pensar la búsqueda de entendimiento y la profundización de los procesos de transformación social sin incorporar la crítica, y ser críticos no significa desconocer lo avanzado o estar “en contra de”; es importantísimo consolidar los logros conseguidos, pero esto no debe imposibilitarnos para revisar los pasos que seguimos dando, ni el replanteo de ideas, ni dejar de lado la capacidad autorreflexiva.

Mucho se habla del cambio cultural como un desafío de este tiempo, y sin duda se vienen dando avances muy importantes en este sentido, pero la cultura se transforma cuando incluye. Y una inclusión que no debe ser excluyente en ninguno de los aspectos que hacen a la vida en comunidad. Nos distanciamos de las posibilidades del cambio cultural cuando excluimos de antemano o rotulamos al que no piensa igual que nosotros o cuando agudizamos las confrontaciones bajo la concepción simplista de un “ellos” vs. un “nosotros”. La pregunta que nos formulamos es si seremos capaces como sociedad de avanzar hacia la superación de la concepción binaria de la política.

Sabemos que cuando las corporaciones mediáticas hegemonizan la interpretación de los acontecimientos sus consecuencias son negativas en el seno de la vida social, sucede también lo propio cuando se hegemoniza la experiencia política, invalidando aquello que no entra en el molde. Tal vez venga bien recordarnos que los proyectos políticos y las transformaciones sociales son el resultado del trabajo de conjunto, nunca son propiedad de algunas agrupaciones, espacios o personas, aunque sean estos dinamizadores, gestores o representantes elegidos por el voto popular. La construcción de un país inclusivo para todos no es privativa de quienes militan en un espacio determinado o de quienes ocupan cargos en el poder superestructural. El proyecto nacional, con sus logros y desafíos pendientes, es propiedad, construcción y responsabilidad de todos.

FUENTES: La Nación y Blog La Pródiga

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