Más historias desde el encierro

El proyecto Bibliotecas Abiertas I y II , que forma parte de las acciones de la  Coordinación Nacional de Modalidad “Educación en Contextos de Encierro”, es articulado en conjunto con  el  Plan Nacional de Lectura y nuestra  Biblioteca Nacional de Maestros. Como ya hemos informado en otras notas, nos hemos comprometido a dar visibilidad a las producciones literarias que se realizan desde las escuelas y bibliotecas de esta modalidad educativa. Desde el Programa BERA, y a través de nuestros blogs de novedades, difundimos así  el trabajo que día a día desarrollan cientos de bibliotecario-as y responsables de bibliotecas de unidades penitenciarias e institutos de menores de todo el país.

En esta oportunidad, compartimos el texto “Un encuentro hermoso”, escrito por Jorge Toledo de la Escuela Secundaria 791 de la Unidad 14 de la cárcel de Esquel en Chubut.


Un encuentro hermoso

Está por caer la tarde. Miro el reloj. Son las cinco. Falta sólo un rato antes de que el encargado cierre el patio con el despreciado “sapo” y el encierro nos adelante la noche. Entonces, como queriendo retener al tiempo, me apuro en tomar unos amargos y disfrutar del aire fresco de la libertad.

Al rincón el Viejo lo acondicionó como para estar solo: una silla, un balde dado vuelta usado como mesa. Frente a él tiene varios libros de fábulas y cuentos para niños. Tiene una forma muy extraña de leer, cierra sus ojos como si quisiera memorizar cada letra, acaricia suavemente las tapas de los libros. Entre página y página se pone de pie haciendo gestos, saluda como si tomara la mano de una reina inclinado con una reverencia. Al Viejo se lo respeta mucho, ya peina canas. Tendrá unos sesenta años aproximadamente. Es muy callado y observador y nunca tiene un problema pero hace unos meses está muy pensativo como si estuviera en otro lado.

Tomé coraje y me acerqué como quien quiere compartir una charla. Le ofrecí un mate y muy despacio, como si no quisiera desviar la mirada de su lectura, lo aceptó. Con voz trancada y amargos de por medio, la charla se hizo más intensa y con un caudal de humanidad que llama la atención. Nos pusimos de acuerdo para compartir todas las tardes el espacio a la misma hora. Después de varios días, y muchas pavas de agua caliente, me atreví a preguntar:

– Viejo, ¿por qué leés libros para niños? Él pensó, se tomó una pausa y contestó:

– Hace unos días atrás recibí una carta de mi hijo. Se llama como yo –dijo-. Se quedó en silencio unos segundos y tragando saliva volvió a contar:

-Soy abuelo de una hermosa niña. El 20 de febrero cumplió un año de edad. También me cuenta que ya se lanzó a caminar, dando unos pequeños pasitos; come la papilla y comenzó a decir sus primeras palabras: mamá, papá, abu. Él dice que se parece mucho a mi madre, me mandaron dos fotos donde está recién nacida la mocosa, sabés.

Esta carta lo había tocado adentro de su corazón, sintió una gran necesidad de conocer a su nieta pero la distancia era mucha para la familia. Le brillaron los ojos y por su mejilla corrió una lágrima. Respeté su silencio y le ofrecí otro mate, lo tomó y volvió su mirada al libro como si a través de sus dibujos se transportara. Rompió esa distancia que nos separó por varios minutos y comentó que, leyendo, él podía disfrutar de hermosas tardes junto a su princesita en castillos de chocolates, peces voladores, enanos azules y un “te quiero abuelo”.

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