TESTIMONIO DE UNA DOCENTE

La cárcel es el lugar exacto para darle sentido a la acción de educar.

Todas las personas que allí se encuentran, sean culpables o inocentes, presentan algo que no han podido comprender o algo que no les han sabido enseñar. Valores o, simplemente, el cuidarse de las malas compañías. O el defenderse. Pero sin duda algo, en el proceso de transferencia de conocimientos, falló. O quizás, simplemente, nunca estuvo.

Mi trabajo docente, comenzó en el año ´91, cuando un compañero de cátedra me ofreció ir a dar clases de Administración General al Centro Universitario Devoto, de la Unidad Penitenciaria Federal 2, para los internos que cursaban materias bajo el Programa UBA XXII de Educación en las Cárceles. Para mí era acceder a la realización de un sueño. Siempre había querido llegar a esos lugares, por la certidumbre de la enorme tarea que queda por hacerse allí.

Recuerdo que la noche anterior no dormí, y que cuando estuve frente al enorme portón de la entrada en Bermúdez 2651, sentí claramente que sólo era el comienzo de algo que permanecería en el tiempo. No era transitorio lo que comenzaba a tejerse.

Efectivamente, una y otra vez aprendería a contar las nueve puertas enrejadas que se deben atravesar para llegar al corazón de la cárcel en donde está instalado el Centro. Una y otra vez, y decenas y cientos de veces, caminaría el mismo largo y directo recorrido, como un canal de parto. Una y otra vez, al salir, buscaría en mi recuerdo de lo compartido, el sentido profundo de lo que había pasado hacía un rato.
La cárcel
Escondida, oculta a la mirada ajena detrás de sus muros, inaccesible y a la vez tan visible, como un monumento a los pecados de la Humanidad, como un laberinto mítico con almas perdidas en su interior, echando hacia fuera los gritos y aullidos del dolor que transcurre en sus entrañas, aparece en medio de la ciudad. Tiene sus olores, sus sonidos, sus temperaturas… Tiene sus códigos, sus salvoconductos, sus leyes propias. Tiene sus escuelas, que compiten con las nuestras, enseñando experticias indeseables, perfeccionando la equivocación, insistiendo en el malvivir.

Tiene sus rutinas cotidianas, sin vuelo, de sumergirse en el sueño, en la pelea o en mediocres programas de televisión, tratando de pasar un día más, rápidamente, para ir tachando las horas de un almanaque interminable hasta salir al sol. Algo de deporte. Alguna posibilidad de trabajo interno… Mucho sufrimiento. Muy poca alegría, en destellos, en el momento de la visita o de alguna buena camaradería. Diferencias culturales. Distintas creencias… Mucha energía vital disponible, sin canalización productiva.

Los que llegan deben endurecerse aún más para resistir. Pierden, en general, la fe en el sistema. Los procesos son largos y la paciencia que se pide, sobre todo a los inocentes, es demasiada… El resentimiento se acumula y las cabezas se obsesionan, alternativamente, con la esperanza y la desesperanza… ¿Cómo regresar, al país de los “hombres justos”? ¿Por qué camino, que no sea el mismo que los trajo? ¿De qué forma recuperar un nombre, reconstruir una vida digna, refundar para los hijos el orgullo de tener ese papá? ¿Cómo pedir perdón y prometer y asegurar un cambio?… ¿Cómo probar lo honesto de esas buenas intenciones? ¿En qué, en quiénes apoyarse?…

Estos hombres, tan rudos, tan sólidos, tan inexpugnables, son sin embargo… tan vulnerables…
Los estudiantes
La cárcel, en su oscuridad, ofrece grietas, espacios por los que la luz puede atreverse y derramarse hacia adentro, trayendo el aire fresco de la libertad. El estudio es uno.

En algunos casos, el saber de la existencia de esta opción atrae rápidamente a quienes han tenido alguna vez la aspiración de trascender en valores y/o crecer intelectualmente, o que comprenden todas las demás ventajas que procuran estas circunstancias, sobre todo para el logro de mejores calificaciones en su camino a la libertad. Acuden con entusiasmo y esperanza, muchos a completar estudios ya iniciados en otras ocasiones o a cumplir con sueños interrumpidos. En estos casos, ya sea por interés o por inclinación, la relación se establece con mayor facilidad y la continuidad está mejor asegurada.

A veces, en cambio, sólo se trata de curiosidad. El aburrimiento o los relatos de sus compañeros, los mueve a trepar desde las entrañas del pozo hasta su borde, para ver y preguntar. Revolotean con intenciones no definidas, alrededor de este plato de comida que les ofrecemos. Picotean como pájaros ariscos y vuelan asustados ante el desafío. Muchos de ellos han escuchado una y otra vez a lo largo de sus vidas, lo poco que valen, lo irresponsables que son. Tiene modelos mentales con creencias muy marcadas que les impide detectar el potencial que hierve en su interior. Su inteligencia y energía ha sido empleada con fines destructivos y por momentos la gloria consistió en cometer la venganza social de un ilícito, como respuesta para todo un sistema de exclusión. Para algunos otros, la emoción desatada por la adrenalina del peligro le dio sentido a sus vidas. Otros, no adquirieron jamás el ejercicio de la reflexión acerca del bien y del mal. Y existen otros más, que no pertenecen a este mundo, pero que en un instante de enajenación o desesperación, abrieron las puertas del infierno.

Ese momento de la primera aproximación, es delicadísimo. Si pueden encontrar la alegría de una nueva rutina, que los invite a vestirse como “para visita”, y llegar prolijos y dispuestos a encontrarse con un mundo en el que circulan personas que vienen de “la calle”, trayendo sus noticias, sus lenguajes diferentes, olores diferentes, ideas generosas y saberes para compartir, seguramente irán dejándose atrapar en esa delicada trama. En esas circunstancias juegan un papel fundamental sus compañeros más adelantados. Ellos tienden sus brazos desde el brocal del pozo hacia adentro, atrapan a los indecisos, y los jalan hacia la luz. Los siguen, los estimulan, los alientan. Vigilan sus presencias y sus ausencias, estudian sus perfiles, y los guían seduciéndolos para que no se dejen abatir. Son verdaderos “pescadores de hombres” como he escrito en otra ocasión. Aquellos que salen al mar embravecido a pescar con sus redes y a rescatar a los que se creen perdidos.
Los docentes
Con una vocación especial, llegan los docentes. Es probable que hayan tenido que vencer sus propios prejuicios, o al menos los de sus familiares y amigos preocupados ante un mundo desconocido o mal conocido. Algunos también se aproximan a la experiencia como un hecho curioso. La gran mayoría queda fascinada por la sensación de una tarea de verdad trascendente. Y se comprometen y se quedan, ponen a disposición sus experticias, su tiempo, sus libros, sus pensamientos. En muchos casos, sin retribución material alguna.

Los estudiantes son agradecidos. Valoran el esfuerzo realizado. Y a pesar de los avances y retrocesos, dado que muchos necesitan reentrenar su razonamiento y ejercitar su memoria, la persistencia de ambos, profesor y alumno, logra en general ir destrabando los obstáculos y abriendo el camino.
Mi experiencia
Ésa es la sustancia que encuentro en las aulas. Un material dolorido y desencantado en el que, sin embargo, brilla una pequeña luz expectante. Siempre, en el instante del reconocimiento, hay un contemplarnos con atención, un medirnos las distancias, las posibilidades. Encuentro ojos perdidos que seguramente evocan otras situaciones similares vividas en el afuera, o que inauguran una forma de contacto jamás experimentada hasta entonces. Sé que algunos en el comienzo no conciben “tanta generosidad desinteresada”. No pueden imaginar este amor sencillo, que apuesta proyectos para los que no conocen dado que muchas veces no creen ni en sí mismos. Por eso procuro que mi palabra sea clara, mis propósitos expuestos, mi lenguaje académico. Si existe un lugar propio desde el que fundar el respeto, es el del ejemplo. Las promesas que digo, son sagradas. No prometo nada que no sepa con certidumbre que cumpliré, porque mi mensaje es que las cosas pueden ser diferentes y que el discurso debe ser verdadero y siempre estar acompañado con los hechos.

Hablo de las materias, tal y como lo hago “en la calle”. Los mismos temas, los mismos libros, los mismos programas. Les pido excelencia y calidad en sus producciones, y trato de que el nivel sea el mismo que les exigimos a nuestros restantes alumnos, dado que el afuera también es difícil y en él también existe una batalla permanente por la sobrevivencia con honestidad, y una lucha continua contra los demonios interiores (La tentación de la corrupción está siempre presente).

Posiblemente me tome más tiempo, porque junto con los temas también debo realizar una transferencia de modelos de vida o estilos de comportamiento que no siempre son conocidos. Tanto afuera como adentro, me preocupo de que lo que tratemos quede enmarcado en valores, acompañado por reflexiones éticas. Y aquí esto me preocupa más, dado que es el más importante elemento motivador. De nada sirve la información si no está acompañada por ese tratamiento, que es el que promoverá la posibilidad de elegir y decidir, antesala para la LIBERTAD.

Justamente, nunca olvido que de eso se trata. Así como para mis estudiantes en el afuera el estudio brinda oportunidades de saciar la sed de conocimientos a la vez de incorporar medios para abrirse paso en la vida, en este lugar cumple, además, la tarea básica de romper los barrotes que aprisionan el pensamiento y trazar una línea en ese horizonte borroso y sin expectativas. El estudio es creador de autoconfianza y futuro. Construye autonomía responsable. Mejora la sociedad.

En estos ya cumplidos 16 años de asistencia ininterrumpida, he aprendido yo misma muchas cosas. Aprendí, por ejemplo, mucho acerca del no juzgar. No sé qué motivaciones han tenido los que han llegado hasta allí, aún cuando son infinitas las veces en que han puesto su corazón al descubierto. Tengo claro que no me toca la justicia de los hombres. Que lo que hago es contribuir a reparar los olvidos y deudas del conjunto social al que pertenezco, con las herramientas que mejor manejo: el pizarrón y la tiza.

Aprendí que no soy omnipotente. Que mi intervención sola no puede garantizar un retorno con completa responsabilidad. Una vez que los pájaros vuelan, sólo puedo rogar por que no generen motivos para regresar. Pero no puedo asegurar por dónde seguirá su camino, ni si las necesidades les soplarán imprudencias en sus oídos, o si las viejas relaciones no vendrán a reclamarles la devolución de un favor. Los verdaderos tropiezos comienzan al trasponer las puertas de la prisión: con el alma cambiada, llena de cicatrices pero también con otras conciencias trabajadas en la forja de los libros, puede que encuentren una realidad que no los acompañe a mantener los ideales que mantuvimos. Quedo entonces expectante, acompañándolos en sus procesos de progresiva inserción a la vida en libertad, sus salidas estudiantiles y laborales, su reconciliación familiar, deseando que la fortaleza lograda se mantenga firme, no decaiga, y que tengan la buena fortuna de reconocer esas cualidades extraordinarias que alumbramos juntos, para plantarse en ellas y resistir. Soltarles la mano, para que caminen por sus propios medios, es todo un ejercicio necesario. No obstante, los docentes somos puertos seguros a los que pueden regresar en busca de consejo y atención. Y así lo hacen, una y otra vez.

De este modo los hemos visto rehacer sus vidas. Tengo dulces historias en mi mochila, que no relataré, y personas con las me cruzo diariamente, que no identificaré. El pasado queda hundido como una mala pesadilla, y este presente, para muchos, está lleno de luz y de alegría.

He aprendido, por último, que ni siquiera necesito gratitud. Que puedo completar mi parte en la obra, girar y seguir caminando en busca de los otros. Que no es parte de mi naturaleza de educadora pedir la recompensa. Que cuando doy recibo y que no es justo que cobre dos veces. Que soy la primera transformada y que, por eso, la gratitud es mía.

He aquí mi testimonio, que siempre, siempre relato con lágrimas.
Cárcel cotidiana (Reflexión de cierre)
En alguna ocasión en que el tiempo me apremia, tomo un taxi para trasladarme desde mi casa a la cárcel para cumplir con mis tareas docentes y de Coordinación Universitaria. Cuando subo y doy las coordenadas, numerosas veces escucho la típica pregunta: “¿Del lado de adentro o del lado de afuera?”, seguida luego de un interrogatorio que se despliega por caminos conocidos, llegando hasta el dato de mi misión docente entre rejas, no como ocupación central de mi vida pero sí como una de las más amadas. Por el espejo retrovisor veo la cara de horror, a la vez que escucho el infaltable comentario: “¿Por qué pierde el tiempo de esa manera?”… A esta altura, ya en medio de una conversación no elegida, junto lo que queda de mi buena voluntad y con no poca ironía, suavemente, lo invito a imaginarse a sí mismo atropellando accidentalmente a una persona y pagando con unos cuantos años lo que quién sabe fue la imprudencia del otro, o visitando a un hijo en prisión, como consecuencia de malas compañías o de errores circunstanciales, a pesar de sus indudables buenos esfuerzos por asegurarle un futuro sin problemas. “Nadie está exento”, le digo. Y me acomodo en el asiento, dispuesta a disfrutar de un sereno y silencioso viaje hasta mi destino.

Siempre me impresiona esta difundida creencia de la cárcel como fuera de nuestras cotidianidades, como algo ajeno, que les pasa solamente a los extraños.

De tanto entrar y salir, he aprendido a verla como una lamentable pero verídica realidad que desborda los muros que la contienen. Veo la réplica de sus métodos en los ámbitos de trabajo, con horarios ajustados, uniformes, espacios pequeños sin ventanas, conversaciones controladas, cámaras que vigilan en los cajeros, en los zaguanes, en los ascensores… Veo las rejas tremendas que defienden la privacidad y la propiedad, las paredes grises de piedra alrededor de los countries, las alarmas que obligan a salir corriendo en segundos luego de ser conectadas y a ejecutar otros mil pases antes de ingresar… Veo las agendas colmadas de compromisos, que nos aprisionan con obligaciones… Veo el miedo, la inseguridad, la desconfianza que nos atan en trampas de diferentes formatos, limitando nuestro vuelo… A nosotros… tan puros y tan libres…

Entro al Centro Universitario a dar mi clase. Paso la reja número nueve y respiro Libertad.

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El Rojas también (Testimonio de Andrea Servera*)
Durante tres años fui docente de danza en la Unidad III de mujeres de Ezeiza dentro del programa de extensión dependiente del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas.
Siempre me interesó trabajar con la diversidad de saberes, de cuerpos, de lenguajes y desde ahí buscar danza, espacios, vivencias. Creo que por eso fui convocada para esta experiencia.
Recuerdo mi primera clase con emoción. Estaba nerviosa y no tenía idea con qué, ni con quiénes me encontraría. Fue fácil sentirme a gusto. Tal vez al principio, lo que más me incomodaba, era la presencia de un guardia que miraba –vigilaba– desde un rincón del gimnasio y el olor a encierro, a sucio, a viejo que había en ése, que era el lugar de las visitas y de los actos.
Creo que al mes ya lograba que mis alumnas, por ejemplo, cerraran los ojos en algún ejercicio, o soltaran el peso de su cuerpo, abandonando una rigidez enorme que traían hasta la puerta. De a poco me dejaron trabajar sola, ya nadie del servicio supervisaba mis clases y aparecieron una intimidad y complicidad en el trabajo que hacían que cada encuentro fuera único y a la vez, cotidiano; simplemente un encuentro para bailar. Después cambiamos de espacio físico. Salimos a un patio con pasto y cielo. Eso más la música y la posibilidad de respirar profundo hacían de cada clase un momento muy especial para ellas: la posibilidad de conectarse sensiblemente con su cuerpo, aprender ciertas rutinas que luego repetían durante la semana, y bailar, improvisar, armar secuencias. Las vi reír mucho, y también llorar de emoción, con algún ejercicio, con alguna canción. Fue un aprendizaje enorme, muy diferente a lo que imaginé. Empezamos intentando bailar danza contemporánea y llegamos obviamente a lenguajes más populares: el hip hop, pasando por el tango, por una chacarera que preparamos para algún 25 de Mayo, y ellas me enseñaron de huaynos peruanos y sayas bolivianas. Nunca nadie me llamó “maestra”, como lo hacía Manuela, que nunca faltó a una clase.
Cada viaje de vuelta desde Ezeiza, en mi cerebro se agolpaban un cúmulo de reflexiones, sobre el sentido del arte, los cuerpos, las posibilidades, la desigualdad, y otro de emociones, que básicamente tenían que ver con el encuentro, ese que sucedía una vez por semana. Casi al final, filmamos un corto, un videodanza, que fue como una celebración. Fue un gran encuentro: bailarinas, camarógrafas, vestuarista, equipo de producción, una fotógrafa, una dibujante, pasamos un día juntas, bajo el sol del patio, con los cuerpos dispuestos a bailar, con vestidos, flores y colores. Un gran día para todas las que tuvimos la suerte de estar allí.
La danza es una instancia de expresión, básica y necesaria. Luego puede haber un montón de análisis intelectuales, pero en aquellas clases, pude trabajar con lo más simple. Ese espacio, el de la simpleza, el de lo básico, es para mí el arte dentro de un penal. Quizás no funcione igual para todos los internos, pero para algunos es claramente un camino, un puente a la valoración personal, a la individualidad y tambien a la comunicación con el otro y sobre todo con el propio deseo.
*Se formó con algunos de los docentes más importantes de la nueva danza de Estados Unidos y Europa. Ha creado numerosas obras de danza y videodanza, que ha expuesto en el país y en el exterior, entre ellas Ezeiza, videodanza documental filmado en la cárcel de mujeres de Ezeiza.

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La FCE en las cárceles
La Facultad de Ciencias Económicas (UBA) brinda actualmente asistencia académica al Centro Universitario Devoto, del Instituto de Detención de la Capital Federal (Unidad Nº2 del Servicio Penitenciario Federal) y con tutorías, a los alumnos alojados en el Complejo Penitenciario Federal 1 de José María Ezeiza (Pcia. de Bs. As.) y Complejo Penitenciario Federal 2 de Marcos Paz (Pcia. de Bs. As.).
También, ha asistido a los estudiantes de la Colonia Penal de Ezeiza Unidad 19, y a alumnas de la Cárcel Federal de Mujeres Unidad 31 de José María Ezeiza, y de la Unidad 27 de Mujeres, que funciona dentro del Hospital Neuropsiquiátrico Moyano.
Desde la creación del Centro Universitario Devoto, los estudiantes registrados por nuestra Facultad han sido 260 y han dictado clases 120 docentes.
Cada cuatrimestre circulan por él un promedio de 50 alumnos de Ciencias Económicas, atendidos por unos 25 profesores, entre titulares, adjuntos y auxiliares.
Entre los graduados que concluyeron sus estudios intramuros y en libertad, nuestra Facultad otorgó 12 títulos de grado (Contadores y Licenciados en Administración).

FUENTE: REVISTA ENCRUCIJADAS UBA

2 thoughts on “TESTIMONIO DE UNA DOCENTE

  1. muy bueno para educar en la carcel debemo educar con el ejemplo ellos nos miran mucho y es la oportunidad de enseñarle muchas cosas que no tuvieron la posibilrdad de aprender.

  2. muy buenos los testimonios, tanto del primer testimonio, docente de la Administración General al Centro Universitario Devoto, de la Unidad Penitenciaria Federal 2 y de la profesora de danzas, la verdad que me reconforta el alma, pues yo también soy docente de jovenes en conflicto con la ley, la diferencia es que, los trasladan hasta el núcleo donde imparto clases. a jovenes y adultos. admiro a esa profesora, por esas palabras tan lindas, las que emplea para describir tan bien el contexto y los involucrads en el proceso educativo.

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