Responsabilidad

El golpe cívico-militar infligido a la República Argentina el 24 de marzo de 1976 tal vez tuvo un preludio de impunidad criminal anterior a esa fecha.

La historiadora Marina Franco sostiene que el discurso antisubversivo hace oratoria desde finales de 1973. Pero haciendo una observación serena de documentación oficial argentina sobre asuntos públicos, es de suma facilidad advertir que, luego de la sanción de la Constitución Nacional de 1853, cualquier estatuto, disposición municipal, provincial o nacional, tiene de suyo una clarísima intención de poner en claro sobre quién manda y quién es el mandado. Doy, por ejemplo, que para cubrir el cargo de senador (art. 55 Const. Nac.) se debe sostener patrimonio y solvencia económica.

Con los derechos civiles y políticos del primero gobierno de Perón y la sanción del estatuto del peón rural se generó entre los dueños de la tierra y el hombre de campo que la trabajaba, el primer desencuentro jurídico de clases.

Hoy resulta  oprobioso saber que el país tiene casi tres millones de kilómetros cuadrados, cuarenta millones de habitantes y la propiedad rural explotable está en títulos de trescientos mil propietarios. Algo muy malo pasó para que desde la Declaración de la Independencia de 1816, la gran masa de argentinos tuviera que pedir permiso para pisar el suelo bajo el arbitrio de una minoría terrateniente.

Para 1850, la provincia de Buenos Aires estaba totalmente acotada y la arbitrariedad con que se consiguió esa posesión espantaría a cualquier rey medieval. Ha surgido desde entonces un desprecio mutuo entre los “dueños” de la tierra, acostumbrados por generaciones a mandar desde arriba del caballo al infeliz de la clase desposeída como constante social histórica.

Ya por 1860, José Hernández expresa, sin quererlo, la antinomia en dos obras literarias: “Martín Fierro” y “Manual del estanciero”, como contraparte.

Por otro lado, la convocatoria o revolución de mayo de 1810 tuvo características de sociedad secreta de larga proyección, de verdadera cofradía. Prueba de ello es que se abolieron los títulos de nobleza, pero se erigió una clase dirigente que no necesitaba gritar para imponer conveniencias, sino que era la factora de las leyes. Esta diferencia de existencia entre clases, marcó calladamente la percepción de que algo feroz debía ocurrir en algún momento histórico.

Tengo, para mí,  que el accionar de la Triple A y el terrible sucedáneo: el golpe del ’76, fueron “el correctivo” aplicado a la clase inferior de la sociedad por el sólo hecho de pedir de manera vehemente las reivindicaciones alcanzadas con el peronismo del 45.

Igual que la diferencia existente entre los que tocan y aquellos otros que curan por imposición de manos; o de los que saltan frente a aquellos que además levitan; o de los que miran humanamente y la de aquellos que fascinan; así también existe un accidente de índole jurídica entre: “Ley de consenso general y orden del día”.¡¡¡Parlamento público, Congreso nacional, derechos del otro…!!! Inadmisible para la clase patricia de las provincias argentinas!!!

Este flagelo entronizado por doscientos años en la Argentina que ostentó el patrimonio de las conveniencias generales, sólo será neutralizado con la participación en foros democráticos de todas aquellas voces interesadas en vivir mejor.

La participación del ciudadano en cuestiones de la cosa pública no debe ser para deslumbrarse con emociones nuevas, para evadirse, o para reconocerse, sino que esa participación será en la sola idea de que la democracia es perfectible y siempre en cada error enmendado, habrá algo para mejorar la calidad de vida.

El consenso de la ciudadanía en los días previos al golpe de estado del 76, se debió a la idea arraigada en la conciencia de los argentinos de que los militares eran los depositarios del ideal sanmartiniano y con ellos volvería el viejo sueño de encausar al país para recuperar los derechos perdidos. Craso error.

No debemos perder de vista al causante de semejante horror: los civiles y militares, cuyos nombres resuenan hoy en estrados de la Justicia, y no obstante caer en la cuenta que ellos no vinieron de otros mundos, ni tienen un ADN diferente a cualquiera de nosotros. Eso nos hace advertir que la grandeza o la miseria humanas son propias del ser humano como especie.

Sobre el pecado y las ideas malas, decía San Agustín: “Son como pájaros a los cuales permitimos que vuelen sobre nuestras cabezas, pero que no hagan nido en ella.”

Como responsabilidad particular, cada uno de nosotros inscriptos en el rol de ciudadanos, debemos velar por los derechos que nos asisten y preservarlos en las instituciones que correspondan. Hacer uso de los derechos, es el mejor modo de fiscalizar que se mantienen vigentes.

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José Américo Salvador; Unidad penal 6; Rawson.

27/03/2013

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